Los dioses no pueden morir. No deben. Esta creencia es un pilar básico al que se aferran los dueños de las editoriales por evidentes razones económicas, y los lectores ávidos de seguir hasta el infinito las andanzas de los diferentes personajes que conforman ese Panteón moderno que es el universo superheroico. Dos acercamientos que se retroalimentan y que dan como resultado una fe ciega en la invulnerabilidad de nuestros héroes de mallas multicolores. Uno sabe que por mucho que golpeen, corten o desmembren a Lobezno, su factor curativo se hará cargo de ello. Nadie temió por las hemiplejias de Batman o Iron Man: volverían a andar. Del mismo modo, tan sólo los más crédulos creyeron en la defunción definitiva de Superman a manos de Doomsday, pues era evidente que DC no iba a dejar marchar a la marca más rentable de la compañía. En todo caso la muerte es utilizada como lavado de cara y refresco para personajes agotados tras décadas en primera plana, por no hablar de lo rentables y populares que son sus "finales". En el maravilloso (por irreal y utópico) mundo de la fantasía, el bien siempre derrota al mal, y aunque nuestros ídolos puedan quedar más o menos maltrechos, siempre salen victoriosos de cualquier contienda en la que se enfrasquen, por imposible que parezca.
