El frío viento danzaba furibundo arrastrando en su colérico frenesí a los raquíticos árboles de la estepa; la escena recordaba a algún horror primigenio, hundido en los oscuros recovecos de la infancia humana, cuando la vida era indefensión y miedo. Los lobos unían gustosos sus aullidos a la letanía, cual cantos de sirena anunciando el final de los marinos, el abrazo gélido de la muerte, el violento y brutal regreso al abotargado vientre de la madre Naturaleza. Ni siquiera el Sol osaba interrumpir con su presencia la macabra danza, y como niño atemorizado se escondía tras las grises nubes, asomando de vez en cuando sin poder resistirse a mirar. Aquel era el teatro de los elementos, y se representaba un gran drama, el de los estúpidos hombres que habían llevado la muerte atroz a la inmensidad siberiana, la muerte estúpida, antinatural, del egoísmo y la ignorancia.